Hay muchas razones por las cuales el P. General, Arturo Sosa, visita las Provincias de la Compañía de Jesús. Entre ellas está el ponerle rostro a los números e informes que llegan a su despacho, ver las obras y la vida de los jesuitas en su cotidianidad, evaluar correctamente los compromisos adquiridos, sea ver sus luces, como también sus sombras. Sin embargo, hay una razón que prevalece sobre todas las demás: la Cura Personalis, o “el cuidado de toda la persona”. 

 

El General tiene el deber de cuidar cada jesuita que ha dedicado su vida a servir a los demás. Visitando las obras, atento a las esperanzas y temores de sus compañeros, compartiendo con ellos la visión que la Curia jesuita de Roma tiene del panorama de las obras jesuitas en el mundo, el Padre Sosa no sólo habla de la cura personalis, sino que además la vive. El último día de su visita a Filipinas precisamente estuvo dedicado a esta atención personal de los jóvenes miembros de la Compañía de Jesús: los jesuitas que están en formación. 

 

En el Centro Cardenal Sin de Manila, el Padre General se dirigió a decenas de novicios, filósofos, maestrillos y teólogos de Filipinas, pero también a otros jóvenes jesuitas del sudeste asiático y de África. Compartió con ellos algunas de las gracias recibidas durante su visita -historias escuchadas, personas encontradas, expectativas superadas- y expresó una gran alegría por el hecho de poder estar con la comunidad de formación al final de su visita para poder tener “una mejor imagen del contexto en el que viven (los jóvenes de la Compañía)”. 

 

Paso seguido, la comunidad de formación presentó a su vez sus propias reflexiones sobre las “luces y sombras” de la Compañía a las cuales ellos tendrán que responder en el futuro inmediato. El encuentro no fue una simple reunión, en efecto involucró al Padre General en temas tan diversos como las próximas Preferencias Apostólicas Universales, el voto de pobreza, la protección de los menores, la juventud y la pastoral vocacional, todos temas importantes de la visita del Padre Sosa tanto en Vietnam como en las Filipinas. El General escuchó a los escolares y les propuso como síntesis “la imagen más poderosa de la historia de la Compañía, la de los primeros compañeros, que es nuestra inspiración para nuestra vida y misión: ellos vivían cerca de los pobres, servían a los pobres y vivían en las condiciones de los pobres, llevaban una vida espiritual de oración”. 

 

A continuación, pidió a la comunidad de formación que se aseguraran de que nuestra vocación común fuera más allá de nuestro “trabajo”, es decir, que se pueda de verdad incluir en lo que hacemos la forma en que construimos comunidad. “Ser jesuita significa más que hacer lo que hacemos, es una forma de vivir juntos, de colaborar juntos. Construir una comunidad es nuestra misión en la Compañía, toda nuestra vida, desde el noviciado hasta la enfermería. 

 

Más tarde, durante la celebración de la Eucaristía, el Padre General desafió a los jesuitas en formación con el mismo desafío que había presentado a los jesuitas y a sus colegas de Cebú: los invitó a pensar en las invitaciones y en las sorpresas de Dios. “Compañeros, ¿escuchamos de verdad a Dios en nuestras vidas? ¿Seguimos escuchando su llamada a participar en la Misa con fervor? Que Dios nos sorprenda. Para que un jesuita pueda vivir el Magis, debe tener espacio suficiente en su corazón para Dios, que es siempre más grande de cómo estamos habituados a concebirlo. En tiempos de crisis, sufrimiento y vulnerabilidad, ¿cómo crea Dios espacio en tu vida? La gente escucha a Dios cuando está abierta a las sorpresas, cuando las ve como la manera como Dios está abriéndose paso de nuevo dentro de nosotros. Escuchemos una vez más la voz de Dios”. 

 

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