Antes de dirigirse a todos los jesuitas de la zona de Los Ángeles, el P. General Arturo Sosa celebró la misa con sus compañeros en la capilla de la comunidad jesuita de la Universidad Loyola Marymount (LMU). Para la comunidad fue una oportunidad para conocer al General, para tener un momento tranquilo de reflexión, pero también fue una oportunidad para que el P. Sosa agradeciera a los compañeros por su apostolado, se uniera a ellos en la oración, y les recordara discretamente las necesidades de la Compañía de Jesús en todo el mundo

A lo largo de su historia, la Universidad Loyola Marymount ha llegado a ser una institución aclamada por la crítica, con programas que han formado a artistas, ingenieros, científicos, académicos, abogados y líderes que han exportado los frutos de su educación jesuita al mundo. En la médula de esa institución se halla un núcleo de espiritualidad ignaciana y el deseo de buscar y hallar el “magis” que impulsa a cada profesor, cada miembro del personal, cada líder administrativo y cada jesuita.

Después de escuchar las intervenciones de jesuitas y laicos, el Padre General se alegró por la consolación experimentada por todos los que se han sacrificado para construir la LMU y ponerla en obra tanto en los buenos como en los malos tiempos, y también pidió a los jesuitas que consideraran la fuente de esa consolación: “Deseamos profundamente encontrar la gracia de Dios por medio de la acción en el mundo, y responder a esa gracia con la alabanza y el servicio. Pero, ¿dónde debemos buscar la consolación, y cómo?”

Dirigiéndose directamente a sus hermanos, el P. Sosa les pidió que consideraran la siguiente pregunta: ¿encontramos el consuelo sólo en lo que hemos planeado y construido, o lo encontramos en ir primero a donde somos enviados, y luego prestar mucha atención a CÓMO vivimos y trabajamos una vez que estamos allí? “Los jesuitas estamos tan ocupados que podemos perdernos fácilmente en los planes y proyectos de cada uno. Nuestras nuevas Preferencias Apostólicas Universales nos llaman ciertamente a una gran generosidad y celo... al trabajo duro... pero también nos llaman a una mayor atención a los demás y al Espíritu.”

El resultado final de esta mayor atención no es sólo más consolación, sino también una llamada a la conversión. Usando el ejemplo de Simeón y Ana, el P. General pidió a los jesuitas que piensen no sólo en lo que se les ha encomendado hacer por Cristo, sino que también reflexionen cómo se les ha llamado personalmente a la conversión para que puedan hacer MÁS por Cristo. “Si todos nosotros escuchamos en esto un llamamiento al cambio, un llamamiento a la conversión personal, comunitaria e institucional, entonces encontraremos la misma alegría que Simeón y Ana encontraron ante el niño que entró en el Templo en los brazos de María y José para ser consagrado al Señor”.

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