El último día de su visita a Andalucía fue, para el Padre General, una ocasión de fraternizar con sus hermanos de Málaga. Visitó la enfermería de la comunidad de san Estanislao, donde presidió la Eucaristía y almorzó. Pero primero había ido a la Iglesia del Sagrado Corazón a rezar, con la comunidad jesuita, ante la tumba del Padre Tiburcio Arnaiz, beatificado en octubre de 2018 en Málaga, durante una Eucaristía presidida por el cardinal Becciu.

El padre Arnaiz (1865-1926) desde su muerte es venerado por los malagueños. Todos los días, peregrinos acuden a su tumba para rezar y pedir su intercesión y ayuda. Además, el 18 de cada mes, muchos fieles participan en la Eucaristía en memoria suya. En 2005, una campaña popular de recaudación de fondos recogió donativos para que el municipio erigiera un monumento en su honor.

¿Qué hizo de particular el Padre Arnaiz para merecer ese culto popular? Nada muy especial a primera vista: fue un apóstol de su tiempo, un jesuita plenamente comprometido en su ministerio de predicador del Evangelio. Prestó especial atención a las zonas rurales y abandonadas de su país y, para servirlas, fundó una asociación de seglares consagradas. Sus “misiones” eran un reflejo de la religiosidad popular de su tiempo; hoy serían fácilmente calificadas de “tradicionales”, ya que se centraban en los sacramentos de la Eucaristía y de la Reconciliación, en el amor de Dios expresado a través de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y en el rezo del rosario.

¿Cómo puede llegar eso a las personas de hoy en día que pertenecen a diferentes generaciones? A causa de la autenticidad que brotaba de su compromiso apostólico. El testimonio de una vida dada sin contar, expresada en esta frase que ilustra su sentido del deber: “Es una pena que, teniendo una eternidad para descansar, queramos aquí descanso”. En la misma línea, el consejo que constantemente daba a los que le escuchaban era: “Buscad no vuestros propios intereses, sino los de Jesucristo”. ¡Es lo que él hizo!

¿Qué puede inspirar este “beato” jesuita a sus hermanos y miembros de la familia ignaciana en la época de las Preferencias Apostólicas Universales? Tiburcio Arnaiz no ha hecho sino indicar, a lo largo de su vida, el camino hacia Dios, con los medios y la sensibilidad de su tiempo. Lo hizo con especial preocupación por las personas olvidadas o abandonadas de las zonas rurales donde él llevaba a cabo sus misiones populares. Y lo ponía en práctica con la mayor sencillez y autenticidad, virtudes que reflejan las sensibilidades actuales de las generaciones más jóvenes y de aquellos que buscan cuidar de nuestra “casa común”. A cambio de las flores que la gente solía depositar sobre la tumba del P. Arnaiz, los jesuitas han propuesto que traigan comida para ser distribuida a familias pobres.

El Padre General tuvo la oportunidad, durante su visita a la comunidad jesuita de Málaga, de encontrarse con el hombre que fue vice-postulador de la causa de beatificación del Padre Arnaiz, el P. Vicente Luque. Este nos confió: “El P. Arnaiz se entregó por completo, hasta el agotamiento; ¡trabajó tan duro por la evangelización!” Si la gente viene a él hoy, a su tumba, es porque confían en que los frutos de su trabajo puedan sostenerlos, concederles las gracias que necesitan.

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