10 de diciembre de 2018

Algunos de los dirigentes, al visitar un país, quieren ver sus edificios más eminentes y sus más significativos monumentos; otros, experimentar la alegría ligera y la creatividad de sus gentes. Cuando el Padre General hizo el plan de su visita a Filipinas, expresó un simple deseo: “Llevadme a ver lugares donde servimos a los pobres”.

En este espíritu, el Padre General y un pequeño grupo de jesuitas que le acompañaban, viajaron a Kalookan City, los densamente poblados ‘campos de muerte’ en la lucha filipina contra las drogas. Acogido por el Obispo Pablo Virgilio David, en su catedral de San Roque, el Padre Sosa pudo escuchar información de primera mano de la tragedia que ha sobrevenido a la cuarta ciudad más grande de Filipinas: miles de muertos, asesinatos extra judiciales por parte de la policía, venganzas encubiertas bajo capa de justicia, un país que justifica la violencia, porque el pueblo de Kalookan ha sido denunciado por la administración como ‘inhumano’ y de ‘asesinos a sueldo’.

El Obispo Ambo, - como David es popular y afectuosamente conocido -, invitó a los jesuitas, el pasado octubre, a servir a “los más pobres entre los pobres” de Filipinas, estableciendo un Centro misional del Sagrado Corazón, en el barrio de Kaunlaran. Destinando al P. Willy Samson y a los escolares Madz Tumbali y Nikki Lee a este centro, los jesuitas han estado sirviendo a las víctimas de la guerra de la droga. El Obispo Ambo escribió sobre las víctimas de la violencia en la ciudad: “con frecuencia olvidamos a sus familias, esposas que han quedado viudas, y niños huérfanos”. Eran estos “olvidados” los que acogieron al Obispo y al Padre General cuando llegaron a la Misión para ver el progreso al que estaban contribuyendo los jesuitas, y visitar la comunidad terapéutica del Obispo y su programa de rehabilitación.

Ver video: El P. General habla en la Sacred Heart Mission Station

Sobre el barrio visitado el domingo, el Padre General dijo en su homilía al día siguiente: “en un lugar donde tantos pobres han sido asesinados, es sólo una pequeña residencia misionera, pero me parece que es un comienzo, lo mismo que la misión de Juan Bautista fue también un comienzo; pleno por la promesa de vida nueva. Éste parece ser el estilo de la esperanza que puede construirse en este mundo, un pequeño paso después de otro”.

 

Para finalizar el día, en ‘Loyola House’, casa de formación de los jesuitas, el Padre General presidió la Eucaristía a un grupo de amigos colaboradores y bienhechores, antes de compartir sus reflexiones sobre la visita con quienes están mejor dispuestos que nadie para ayudar en la misión. “Muchas gracias por vuestra generosidad, por estar aquí, y por formar parte de este cuerpo apostólico. Somos todos colaboradores en una misión, que no es la misión de la Compañía de Jesús, - sino la misión que Jesús encomendó a la Iglesia”. Mirando a la asamblea de los jesuitas y sus colegas laicos, el P. General sonriendo dijo: “Somos tan pocos y tan pequeños. No tenemos poder alguno. La sola potencia real es la gracia de Cristo”.