Mensaje del P. Arturo Sosa al final de la ordenación de seis sacerdotes jesuitas

Ciudad de Ho Chi Minh, 3 de diciembre de 2018

Estoy muy contento de que, en mi primer día completo de visita a Vietnam por primera vez, como primera actividad pueda participar en la ordenación sacerdotal de seis de nuestros hermanos jesuitas. Quiero dar las gracias, en primer lugar, a Su Excelencia, el Arzobispo Joseph Nguyen Chi Linh, por haber ordenado a nuestros hermanos. También deseo felicitar y agradecer a las familias de nuestros nuevos sacerdotes, especialmente a sus padres. Gracias por formar bien a sus hijos y por “compartirlos” generosamente con la Compañía y la Iglesia. Gracias también a todos los presentes, amigos, compañeros religiosos, clero diocesano y compañeros jesuitas de los nuevos sacerdotes. Sigamos apoyándolos con nuestras oraciones.

Ahora quiero proponer unas breves palabras a nuestros nuevos sacerdotes. Hermanos, comparto su alegría al recibir el don de la ordenación sacerdotal en la Compañía de Jesús, para la que se han estado preparando durante tantos años. Pero, por favor, recuerden siempre que este es un don que Dios les da, no para ustedes mismos, sino para que puedan servir al pueblo de Dios, dentro de la Iglesia, según el carisma y el modo de proceder de la Compañía de Jesús.

Es muy significativo que sean ordenados en la fiesta de nuestro gran hermano, San Francisco Javier. Dejen que él inspire su sacerdocio de tres maneras. Primero, en su total disponibilidad para ser enviado. Como ustedes saben originalmente no era él quien  supuestamente debía ser enviado a Asia. Sin embargo, cuando Nicolás Bobadilla se enfermó gravemente en el último momento, San Ignacio le pidió a Francisco que partiera, y él se fue sin vacilar y con alegría.

En segundo lugar, en la creatividad de Francisco ante la misión de difundir el Evangelio. Francisco fue verdaderamente a las fronteras, a lugares de Asia donde nadie había predicado el Evangelio. Sabía cómo cambiar y adaptar sus métodos, dependiendo del contexto y de las personas a las que quería servir.

Y en tercer lugar, en su profunda y afectiva unión con sus hermanos jesuitas. Aunque estaba lejos de Europa, su corazón siempre estuvo profundamente unido a San Ignacio y a sus compañeros.

Hermanos, les ruego que siempre sean sacerdotes como San Francisco Javier: libres para ser enviados a la misión, yendo a las fronteras con creatividad, y siempre felices de compartir su misión de vida, formando parte de un equipo con sus hermanos y otros compañeros en la única misión de Cristo. El mundo tiene hambre de la sabiduría, la alegría y la esperanza del Evangelio. ¡Que Dios los bendiga mientras avanzan, siervos de la misión de Cristo, sacerdotes con el corazón de Jesús, el Buen Pastor!

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