38ª Asamblea de la CPAL, 12 de noviembre de 2019, Asunción, Paraguay

“Confía en el Señor y hace el bien”, repetíamos con el salmista.

Ese versículo bíblico nos recuerda una famosa frase atribuida a S. Ignacio de la cual nos han llegado dos versiones, aparentemente contradictorias, pero que, una vez que se las comprende en profundidad, dicen lo mismo.

La frase es esa: “Confía como se todo dependiera solamente de Dios y trabaja como se todo dependiera solamente de ti.”

La otra versión es la siguiente: “Confía como se todo dependiera solamente de ti y trabaja como se todo dependiera solamente de Dios.”

La versión más popular en castellano sería algo como “A Dios rogando y con el mazo dando.”, o, en portugués, “Deus ajuda a quem cedo madruga.

Esas expresiones nos hablan de algo muy profundo y que está en la intuición misma que hizo nacer la CPAL: el deseo de colaborar.

Hace veinte años, siguiendo lo que el Espíritu decía ya desde algún tiempo a la Compañía, los Provinciales de América Latina y el Caribe dieron un paso importante para que la colaboración entre las Provincias, que ya existía de alguna manera, se hiciera más estructurada, mejor planificada y acompañada para que así, desde una mirada más amplia sobre nuestro continente, pudiéramos sacar más y mejor provecho de nuestros recursos en los empeños apostólicos particulares, pero también pudiéramos buscar respuestas asumidas por todos a desafíos que afectaban a todos.

En esos veinte años de vida, la CPAL se fue dejando conducir por el Espíritu. Señal de eso son los cambios por los que ha pasado en su manera de trabajar. Pero también es señal de la atención al Espíritu la elaboración del primer Proyecto Apostólico Común (PAC), asumido por todas las Provincias como orientación para la colaboración interprovincial en América Latina y el Caribe. Se han creado redes de homólogos, pero también se ha crecido en la colaboración entre los diferentes. Todo eso es señal clara de vitalidad, discernimiento, generosidad. Motivos no faltan, pues, para agradecer mucho a Dios y a todos los siervos inútiles que han trabajado para que pudiéramos celebrar veinte años con una Compañía de Jesús en América Latina y el Caribe que tiene como uno de los rasgos más marcados de su rostro la colaboración. Nos sentimos cada vez más como un verdadero cuerpo apostólico, como “un pueblo santo, celoso de las obras buenas”, como escuchamos en la primera lectura. Y la gratitud por esa realidad nos llena de alegría y consolación.

Sin embargo, sí, somos siervos inútiles. Es decir, reconocemos que, sin la gracia de Dios que nos ha animado en todo ese proceso, nada hubiera sido posible. En definitiva, es el mismo Dios quien nos ha llamado a colaborar en Su Reinado, que no es otra cosa que su servicio al mundo, como nos enseña Jesús, rostro de Dios para la humanidad, que les lava los pies a sus compañeros.

Todo lo que celebramos hoy es, sin duda, fruto de mucho trabajo nuestro. Pero, como dice el Salmo 127, “Si el Señor no edifica la casa, en vano se esfuerzan los albañiles”. Por eso, nos alegramos por haber siempre contado con la ayuda del Espíritu, que nos ha animado ante los desafíos, nos ha iluminado en medio de tantas dificultades, nos ha corregido en nuestros equívocos, nos ha abierto los ojos a nuevas realidades. El Espíritu prometido por Jesús nos recuerda todo lo que Jesús ha dicho y hecho, haciendo presente a nosotros y en nosotros, para que todo eso sea vida en nosotros y, desde nosotros, para los demás.

Como los siervos de la parábola, podemos, pues, con gratitud y humildad, mirar hoy hacia atrás y decir, con paz de espíritu: “Hemos hecho lo que nos tocaba hacer”.

Pero la celebración de los primeros 20 años también nos brinda la ocasión de pensar en los próximos 20. La memoria agradecida es combustible para la esperanza. Tenemos nuevos horizontes abriéndose: las Preferencias Apostólicas Universales que nos ha confiado el Santo Padre nos llaman a la conversión y al empeño personal, comunitario e institucional en cuatro grandes retos: mostrar el camino hacia Dios mediante el discernimiento y los Ejercicios Espirituales; caminar junto a los pobres, los descartados del mundo, los vulnerados en su dignidad en una misión de reconciliación y justicia; acompañar a los jóvenes en la creación de un futuro esperanzador; colaborar en el cuidado de la Casa Común.

También acabamos de celebrar el Sínodo Extraordinario para la Amazonía. Ese verdadero encuentro eclesial ha sido una experiencia profunda de discernimiento en común, cuyas propuestas nos tocará asumir con ánimo y esperanza.

Además, el PAC 2011-2020 va llegando a su conclusión, y ya toca entrar en proceso de discernimiento apostólico en común para preparar el nuevo PAC 2021-2030.

Por fin, está las realidades complejas de nuestros pueblos y países en estos tiempos más recientes, con tantos retos en todos los ámbitos: económico, político, social, eclesial. Son interpelaciones a las que hay que mirar desde la luz del Espíritu que trabaja incansablemente en el tejido de la historia humana.

Trabajo, pues, no faltará. Tampoco nos faltará la gracia del Espíritu que nos confirma e sostiene en la colaboración con la misión que Jesús ha recibido del Padre.

Mirando, pues, al futuro con esperanza, confiemos, como se todo dependiera solamente de Dios, y con generosidad y ahínco nos empeñemos en nuestra misión, como se todo dependiera solamente de nosotros.

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