Rom 7,18-25; Lc 12,54-59

Queridos compañeros jesuitas, compañeros colaboradores y queridos amigos que nos acompañan:

Acabamos de rezar en comunidad por los 50 años de la Provincia jesuita de Eslovenia y ahora queremos celebrarlo en torno a la mesa de la Eucaristía, que resume las penas y alegrías de nuestras búsquedas en las penas y alegrías de Cristo crucificado y resucitado.

Cincuenta años de presencia jesuita en el país significan cincuenta años de caminar, servir, contemplar el mundo desde la espiritualidad ignaciana. Cincuenta años de intentar un camino de discernimiento para saber dónde Dios quiere que sirvamos a su pueblo, dónde seguir sirviendo a esta Iglesia joven y antigua, a esta sociedad que ha pasado por tantos acontecimientos históricos. Cincuenta años aprendiendo este difícil arte del discernimiento.

La Escritura dice: “Cuando veas una nube que se levanta, sabrás que va a llover, y cuando veas soplar un viento del sur, va a hacer calor”. Es la confirmación, por un lado, de la capacidad contemplativa del ser humano, de su capacidad de discernir, de anticipar el tiempo, de percibir el futuro desde la realidad presente.

Discernir, pues, es saber mirar y ver cómo interpretar lo que vemos. Es una sabiduría que está en nosotros, en nuestras culturas, en lo que pasa de generación en generación. Jesús nos invita a profundizar esa sabiduría innata aprendida de nuestra tradición para ponerla al servicio de los demás.

Pero esta sabiduría debe ser profundizada cultivando el hombre interior, como nos recuerda San Pablo en su carta a los Romanos. Sin cultivar la profundidad de los sentidos no creceremos en Cristo y en su libertad. Porque discernir es contemplar y también escuchar; es gustar y conversar. Así, el tiempo se revela y se construye el futuro de Dios.

Escuchar lo que sucede a nuestro alrededor: el grito de la gente, de la sociedad en su conjunto, el grito de la naturaleza; la voz de los que vienen de lejos y las necesidades profundas de los que están más cerca. Escuchen el rumor de la historia para saber de dónde venimos y hacia dónde vamos. Escuchar para no vivir aislados y centrados en nosotros mismos.

Y también es hablar. Dar cuenta de lo que hemos visto y oído, y buscar con otros los caminos a seguir. Los caminos donde Dios quiere que estemos. Y para conversar en conversación (como en un coloquio) con Dios Padre: Y tú, Señor, ¿cómo estás en realidad, qué quieres de nosotros? Frente a lo que está pasando, frente a los altibajos por los que está pasando este pueblo, esta iglesia, nuestra Compañía de Jesús está pidiendo a Dios que nos susurre lo que quiere de nosotros: cómo quiere que seamos perdonados y reconciliados en tiempos de cambio, en tiempos en los que los signos de los tiempos nos desafían. Discernir es escuchar: unos con otros y con Dios, con Cristo, con María, en un coloquio interior, como piden los Ejercicios Espirituales. Porque el Señor nos busca en la historia, incluso en las condiciones más contradictorias, como dice el Papa Francisco en la Evangelii Gaudium. El discernimiento es siempre una invitación a la conversión: salir de nuestros caminos y entrar en los del Señor.

El discernimiento invita a la esperanza, porque ve lo que sucede como una invitación a ser revelada, como una gran oportunidad para saber cómo servir mejor a la sociedad y a la Iglesia, al mismo tiempo que nos libera de la tentación de creer que los problemas son tan complejos que se vuelven casi imposibles de resolver. El arte del discernimiento es aprender a leer el mundo buscando el último latido del corazón, el latido del corazón de Dios.

Atentos, pues, al corazón y a lo que el corazón escucha y escucharse unos a otros y a Dios con un corazón dispuesto y una mente abierta. La sinodalidad promovida por el Papa Francisco se compone de esta manera de mirar, de reaccionar, de escuchar y de conversar.

Recordamos también hoy el discernimiento colectivo que el Papa, los obispos y tantos agentes pastorales han estado haciendo estos días en el Sínodo de la Amazonia para que Dios Padre bendiga sus esfuerzos. Y danos a todos su paz.

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