En la magnífica iglesia jesuita del centro de Lucerna, el P. Arturo Sosa presidió la Eucaristía el domingo 22 de septiembre. La música, interpretada por un coro y una orquesta de unos cincuenta músicos, contribuyó en gran medida a la calidad de la celebración. Se eligió la “Missa palatina” de Martin Schmid, un misionero y músico jesuita suizo que compuso esta obra durante su apostolado en las Reducciones de Bolivia en el siglo XVIII. La asamblea participó activamente: cantó los himnos con todo su corazón. En su homilía, cuyo texto es el siguiente, el Padre General propuso leer el Evangelio del día, un texto que nos sorprende e incluso puede irritarnos cuando se interpreta desde un nuevo ángulo. ¿Por qué entonces Jesús puede afirmar que uno puede, que Dios puede, alabar a un administrador deshonesto?

HOMELÍA del P. Arturo Sosa a Lucerna, el 22 de septiembre del 2019

La parábola que acabamos de escuchar nos deja un tanto desconcertados.

Cuando el ‘hombre rico’ anuncia el despido del administrador que ha sido acusado de derrochar sus bienes, pensamos que esto está de acuerdo con nuestro sentido de justicia.

Sin embargo, cuando escuchamos que ‘el amo alabó al administrador injusto porque había actuado con astucia’ (Lc 16,8), se subleva nuestro sentido de justicia.

¿Cómo puede Jesús decir algo así? ¿Por qué podría llamarse a la injusticia una astucia digna de alabanza, más aún, de proponerse como ejemplar?

Volvamos nuestra mirada en primer lugar a las acusaciones. El administrador es acusado de derrochar los bienes de su amo. Se trata de una acusación general que no nos dice mucho de lo que realmente está ocurriendo. Es importante recordar que el actual pasaje está situado, en el evangelio, inmediatamente después de la parábola del ‘hijo pródigo’ sobre el que se dice exactamente la misma expresión: “el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente” (Lc 15,13).

Hay una similitud entre el ‘hijo menor’ y el ‘administrador injusto’: el primero dilapida los bienes lejos de su padre, y el segundo los derrocha en contra de la voluntad del ‘hombre rico’. Un buen gestor es el que administra los bienes de acuerdo con el deseo de su señor.

Lo que realmente ocurrió con los bienes, cómo fueron empleados, no es tan importante. Lo que verdaderamente importa es que el administrador no actuó de acuerdo con la voluntad de su señor. Lo mismo que el hijo pródigo, él se había alejado de su jefe, aunque aparentemente nunca se había marchado lejos.

El cambio más importante en toda la parábola tiene lugar cuando el ‘hombre rico’ llama al administrador para que dé cuenta de su administración. Por una parte es claro que el administrador habrá de dejar su gestión. Por otra, sin embargo, habrá de reflexionar sobre el desempeño de su oficio, lo que puede darle la oportunidad de reconsiderar su conducta.

De nuevo tenemos un parecido entre el hijo pródigo y nuestro administrador. Cuando el primero llegó a carecer de medios de subsistencia, reflexionó y consideró que lo mejor que podría hacer sería volver a su padre, aunque no fuera ya digno de ser llamado hijo suyo.

El administrador astuto también reflexiona, preguntándose, ¿qué voy a hacer?

Como el hijo pródigo, también él busca mejorar su futuro. Su atención se vuelve a las otras personas, y a su relación con ellas. En ellas ve la oportunidad para sí mismo. Por eso es alabado por su amo. No porque haya dilapidado su fortuna. El ‘hombre rico’ alaba la perspicacia del administra­dor porque empieza a desprenderse. Su sabiduría está precisamente en iniciar un nuevo tipo de relación, el compartir, el darse. Por eso, él mismo se va pareciendo más y más a Dios, que siempre comparte.

El administrador alabado, no es en realidad deshonesto. Gestiona sabiamente la situación de injusticia. Las traducciones que hablan del ‘administrador de injusticia’, reflejan más fielmente, el texto original griego y su significado.

Si queremos ahora aplicar esta parábola a nosotros mismos, podemos considerar que, aquí en la tierra, somos todos servidores de la injusticia, es decir, de bienes acumulados en contra de la voluntad del Padre, que los quiere todos equitativamente distribuidos. En realidad, nosotros, los creyentes, somos pecadores como los demás. Hemos creído en el amor de Dios hacia nosotros, y hemos experimentado la misericordia del Padre. Somos, por tanto todos invitados a experimentar la misma transformación, de administradores de la injusticia a juiciosos administradores, conocedores de cómo introducir la lógica del don. Con frecuencia nuestros esfuerzos no van a cambiar el mundo. Pero en este mundo, tal como es, hemos de vivir, con sabiduría evangélica, transformando nuestra insensata tendencia a la acumulación, en la de la donación, de la que nos habla hoy el Profeta Amós. Así nos parecemos algo más a nuestro Padre que está en el cielo.

Pidamos para todos nosotros no tomar posesión de los bienes de este mundo, sino usarlos para el bien de nuestras hermanas y hermanos.

Etiquetas: Padre General