“Yo mismo, hermanos, cuando vine a vosotros a anunciaros el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre vosotros me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y éste crucificado”. (1 Cor 2, 1-2)

Estas palabras, han sido proclamadas en la primera lectura, especialmente elegidas para esta memoria de San Pedro Fabro, porque reflejan la personalidad y experiencia de este primer compañero de San Ignacio. Curiosamente, reflejan también la personalidad y experiencia de otro jesuita, el vasco, de la Provincia de Japón, Pedro Arrupe.

Experimento una gran alegría al celebrar esta Eucaristía con vosotros en un lugar tan cercano al de la llegada del Padre Arrupe a Japón en 1942. El joven ‘escolar’ Arrupe había pedido insistentemente a sus superiores ser destinado a las misiones, específicamente al Japón. Esto se hizo realidad en 1938, casi dos años después de su ordenación, al desembarcar en Yokohama, y venir a este sitio donde nosotros estamos ahora, para iniciar el aprendizaje de la lengua japonesa y su cultura. Aquí inició su renuncia a sus costumbres occidentales, para ceder el sitio a las del pueblo al que ahora había sido enviado. Desde este punto y momento empezó a tomar conciencia y asimilar aquellas cualidades de los japoneses que tanto admiró: la cortesía, la delicadeza y la hospitalidad; la rectitud, la honestidad, la disciplina y el autocontrol, la paciencia y el aguante; la capacidad para el trabajo y el sacrificio, la capacidad de recuperación frente a la dureza de la vida.

En ese contexto, él trató de hacerse el mejor ‘discípulo’, queriendo, - como escribe en sus Memorias, “hacerme como uno de ellos, de modo que en todo haya verdadera armonía”. Trató de asimilar el espíritu japonés, aprendiendo la complicada ceremonia del té, la caligrafía, la música de su teatro, en una experiencia de lo que más tarde se llamaría la “inculturación”. Después de este “noviciado cultural” reconoció que se encontraba en su ambiente, ‘en mi centro’, como él decía.

Su larga estancia en la colina de Nagatsuka, comenzó en 1942 cuando fue nombrado Maestro de novicios y superior. Fue un humano, pero exigente, formador, idealista y sensible ante las realidades concretas; creativo, pero atento a las tradiciones de la Compañía; siempre precediendo con su ejemplo. De Nagatsuka salieron muchos jesuitas bien preparados para enfrentarse a los retos de la misión, como el mismo Arrupe.

Pero fue también aquí donde hubo de enfrentarse al sufrimiento, en la terrible experiencia del 6 de agosto de 1945, cuando la primera bomba atómica fue arrojada sobre Hiroshima. El noviciado se convirtió en un hospital improvisado y abarrotado con tantos heridos. La mesa de despacho del P. Arrupe se convirtió en una ‘mesa de operaciones’ y su antedespacho en una sala de espera donde los gritos de dolor no podían evitarse. En estas condiciones, toda la comunidad cedió cuanto tenía y podía ser útil, con gran generosidad.

Años después, Arrupe, reflexionando sobre la invención de la energía de la bomba atómica, notaba cómo tan poderosas fuerzas se declaraban a sí mismas dominadoras del mundo, eliminando a Dios, y amenazando a los otros seres humanos como “objetos”, meros instrumentos para sus intereses personales, “la más grande perversión de la persona humana”. A esta fuerza negativa, el P. Arrupe ofrecía una contrapuesta “energía apostólica”, - una de sus expresiones favoritas -, que representaba la misma fortaleza que movía a Fabro en sus viajes por toda Europa, promoviendo la fuerza de la misión expresada en el Evangelio de hoy: “Lo que os digo en la oscuridad, decidlo a la luz, y lo que os digo al oído, pregonadlo desde la azotea” (Mt 10,27). Respondiendo a esta Palabra, Arrupe salió a todo el mundo, para contar su experiencia en Hiroshima, y para invitar a todos a ser agentes de vida y bien; no, de muerte y destrucción. Uno de los estudiantes que, en el salón de actos del colegio de Areneros, en Madrid, escuchó sus palabras, era Adolfo Nicolás, que más adelante declaró que había corrido para ser un gran misionero, “un hombre de fuego”.

En 1951, mirando a su pasado, el Padre Arrupe marcó el camino a la verdadera fuente de la energía apostólica: “Él, en el sagrario, conociendo todo y contemplándolo todo”, y esperando que nosotros nos comprometamos en el trabajo de reconstruir todo. Fue en este momento, mirando al Corazón de Cristo, crucificado y resucitado, cuando Arrupe recuperó su fuerza. También en este encuentro es donde Pedro Fabro acompañó a tantos.

Lleno de la esperanza que proviene del Resucitado, Arrupe escribió en Roma, veinticinco años después de la explosión de la bomba, que la humanidad “necesita un rayo de luz mucho más potente que aquél que nos cegó en Hiroshima: la luz de la fe que ilumina sin cegar...” Es esta fe la que lo mantuvo constantemente abierto al Espíritu y comprometido con la voluntad de Dios.

Como sabéis, el proceso de canonización del Padre Arrupe, ha comenzado. Testimonios orales y escritos se están presentando que hablan de la profunda confianza en Dios, - “en Él sólo la esperanza” -, y del impulso evangélico, y audacia en la lectura de los signos de los tiempos, y en la respuesta a ellos. Estas cualidades le llenaron de fortaleza a lo largo de su generalato. Ahora los llamados “Censores Teólogos” están leyendo un sinfín de trabajos suyos publicados; la Curia General ha preparado una completa bibliografía; la Comisión Histórica está revisando miles de documentos del archivo, no publicados; y en el Vicariato de Roma han comenzado los escrutinios.

El discípulo que llegó a Japón, en 1938, para aprender, - confiando en “el poder de Dios” que supera toda “humana sabiduría” -, se ha convertido en maestro para todos nosotros. Se le recuerda hoy en tantos sitios y programas a lo ancho de todo el mundo que llevan su nombre, y que buscan su inspiración. Nosotros, jesuitas, y los no jesuitas igualmente, seguimos leyendo sus escritos y encontrando en ellos orientación para nuestra vida.

Hoy, la Compañía de Jesús se compromete en un proceso de aprendizaje compartido, por medio de las Preferencias Apostólicas Universales. Sería curioso ver cómo el Padre Arrupe, a su manera, los vivió en su propio tiempo aquí en Japón, - cómo mostró el camino hacia Dios por medio de los Ejercicios espirituales y el discernimiento, cómo se volcó en los excluidos y caminó con los jóvenes, o se preocupó de nuestra casa común. Tal vez alguno se sienta inspirado a hacer un estudio en el que se descubra a Pedro Arrupe como un verdadero modelo para nuestra misión de hoy. Ciertamente en la primera de las opciones encontramos un buen patrono en Pedro Fabro, el mejor, - según el parecer de San Ignacio -, en presentar los Ejercicios, que encontró a Dios en todas las cosas, confiando a todos a la protección de los santos y de Nuestra Señora.

En este día tan especial, seguimos los ejemplos de Arrupe y Fabro, pidiendo por intercesión de Nuestra Señora, Madre de la Compañía de Jesús, que fortalezca constantemente nuestra fe, para que podamos llegar a ser mensajeros de esperanza. Y en este privilegiado lugar de Nagatsuka y Hiroshima, pedimos por la especial intercesión de Pedro Arrupe, que podamos recibir la energía apostólica para vencer el odio y la enemistad, y contribuir a una profunda transformación de nuestras vidas hacia la reconciliación.

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