Homilía del P. Arturo Sosa, Superior General de la Compañía de Jesús; Domingo, 7 de abril de 2019, en la Iglesia de San José, de la Compañía, en Ashrafieh; con motivo del 5º aniversario del martirio del P. Frans van der Lugt, en Homs (Siria).

Queridos hermanos y hermanas:

En esta lectura del Evangelio, somos testigos de una escena en que una pecadora sorprendida en adulterio es liberada, a pesar de que la ley de Moisés, todavía en vigor, la condenaba a ser apedreada hasta la muerte.

El perdón de esta mujer no es el resultado de una interpretación sutil de la ley de Moisés, ni tampoco de una defensa brillante para probar su inocencia, ni como resultado de presiones o intervenciones externas.

El hombre que libró a esta mujer, fue Jesús. Se inclinó para escribir en tierra, de modo que no pudo verla con mirada acusadora, y escribía con un dedo en la arena sin decir palabra. Cuando los acusadores insistían, se levantó y les dijo: “El que esté sin pecado de entre vosotros que le tire la primera piedra”. De nuevo se inclinó y escribía en la arena. Cuando oyeron esto, se fueron marchando de uno en uno, comenzando por los de más edad.

¿Cómo liberó Jesús a la mujer?

Su autoridad le fue conferida por su humildad, por su comportamiento ante aquellos que, siendo ellos mismos pecadores, querían condenar a la mujer. Estrictamente hablando, la única persona inocente, el único que podría tirar una piedra a la mujer y condenarla era el mismo Jesús. Sin embargo, le dijo: “Mujer yo no te condeno; ve, y desde ahora no peques más”. De esta manera no sólo se liberó de la muerte, sino que recibió nueva vida. Desde ese momento fue una nueva criatura, por la fe en Jesús. Fue capaz de proclamar como San Pablo en la lectura que acabamos de hacer: “Todo eso que para mí era ganancia lo consideré pérdida comparada con la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor… Ya no busco la perfección con mis propios méritos, la perfección que viene de la ley de Moisés, sino que quiero solamente la perfección que viene de la fe en Cristo”.

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy, 7 de abril, conmemoramos el quinto aniversario del martirio del P. Frans van der Lugt en Homs. Como discípulo y compañero de Jesús, entregó su vida entera a aliviar y liberar un incontable número de hombres y mujeres a los que el Señor puso en su camino durante sus casi cincuenta años de servicio apostólico en Siria. Usando sus conocimientos de psicoanálisis y sus extraordinarias dotes de escucha, simpatía y compasión, realizó un trabajo que podemos, sin exageración, considerar prodigioso. Pero sobre todo, lo que pudo llevar a cabo, lo hizo porque se identificó y se ‘configuró’ él mismo con Cristo, su Maestro y Señor. Todos cuantos se acercaron a él y lo conocieron a lo largo de su vida son testigos de que el Padre Frans estuvo, él mismo, íntimamente identificado con Cristo, en todo lo que vivió y realizó. Tanto es así, que él, como San Pablo, en la lectura que hemos escuchado, pudo proclamar “Por Cristo lo perdí todo… con tal de ganar a Cristo… todo para conocerlo a Él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con sus padecimientos, muriendo su misma muerte, con la esperanza de llegar a la resurrección de entre los muertos”.

Queridos hermanos y hermanas:

En este día, exactamente hace cinco años, al día siguiente del Domingo de Ramos, en el primer día de la Semana Santa, prácticamente a esta hora, el P. Frans se encontró ante su joven asesino, que había venido para encontrarlo en su residencia. Como señaló el P. Nawras, que presidió la celebración de su funeral, el P. Frans, probablemente miró al joven con su misma mirada amorosa y profunda que era ya parte de su misma naturaleza, lo llamó por su nombre: ‘hermano mío’. En ese momento, probablemente, recapacitando en su interior, se identificó con las palabras de Cristo: “Yo no te condeno; ve y en adelante no peques más”.

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