13 de enero de 2019

Homilía del Padre General Arturo Sosa, S.J.

Las lecturas de la Escritura nos invitan hoy a contemplar a Jesús que recibe el bautismo de Juan. Jesús se ha encarnado profundamente en el pueblo del que forma parte desde que fue concebido en el seno de María y en cuyas tradiciones fue introducido por José… El evangelista Lucas coloca la genealogía de Jesús en este momento de su bautismo para insistir en que para todos era el hijo de José (Lc 3,23) y recordarnos su lazo profundo con la historia de la Salvación a través del pueblo escogido.

Junto con todo el pueblo, Jesús va al Jordán a recibir el bautismo de agua. Realiza auténticamente este signo de su deseo de ser fiel a la misión recibida de hacerse uno de tantos (Filip 2,6-7). Jesús lo vive en actitud de oración. Mientras gozaba de la íntima relación con papá-Dios se abrieron los cielos: el Espíritu Santo bajó sobre él y se manifestó exteriormente en forma de paloma, y del cielo vino una voz: «Tú eres mi Hijo, hoy te he dado a la vida.» (Lc 3,22).

Contemplando esta escena compartimos la alegría de Jesús que se ve confirmado por el Padre y el Espíritu Santo. Compartimos la alegría de haber experimentado también nosotros la presencia actuante del Espíritu Santo en nuestro proceso de discernir en común las preferencias apostólicas universales por las que el Señor quiere guiar el mejor modo de servirse del cuerpo apostólico de la Compañía de Jesús en los próximos diez años. Contemplando esta escena recibimos el impulso a una mayor encarnación en el pueblo al estilo de Jesús, pobre entre los pobres. Nos sentimos confirmados en el deseo de militar para Dios bajo el estandarte de la cruz en nuestra Compañía, que deseamos se distinga con el nombre de Jesús, y servir solamente al Señor y a su Esposa la Iglesia bajo el Romano Pontífice, Vicario de Cristo en la Tierra… (F.I.,1).

La escena del bautismo nos permite contemplar también la fascinante figura de Juan, el bautista. La primera imagen que viene a la mente es la de Juan colaborador… Es sorprendente cómo Juan no cede a la tentación de hacerse pasar por el Mesías. Muchos de quienes compartían la arraigada esperanza en que Yahvé estaba por enviar a su mesías ven en Juan el cumplimiento de esa promesa.

Juan, sin embargo, se nos muestra como un hombre de discernimiento, como alguien que ha escogido, con profundidad, seguir la llamada recibida del Señor mismo. Juan es uno de los que habita en ese desierto que simboliza el encuentro y contacto frecuente con Dios. Juan es un hombre que cultiva la familiaridad con Dios como algo necesario para su vida-misión. Por eso, se sabe colaborador… Saca a todos de dudas… Yo les bautizo con agua, pero está para llegar uno con más poder que yo, y yo no soy digno de desatar las correas de su sandalia. El los bautizará con el Espíritu Santo y el fuego. (Lc 3,16). Juan sabía que había sido enviado y su poder era derivado de quien lo envió. Juan predica con su vida, sus actos y su palabra la Buena Noticia del reinado de Dios y señala sin miedo las malas acciones de quienes, como Herodes, se creen intocables y exentos de todo límite. Juan sabe que su fidelidad a la misión recibida tendrá costos muy altos… pero, desde que la acepto entregó su vida al Señor.

Estamos acostumbrados a llamar a Juan el precursor. Cierto que su acción comenzó antes de la de Jesús. Apareció antes en la escena pública. Sin embargo, en cuanto colaborador, Juan es un seguidor del Señor Jesús a quien reconoce como más poderoso que él; ante quien no se siente digno ni de desatar las sandalias de sus pies. Es Jesús el que nos da el verdadero bautismo, quien nos trasmite el Espíritu Santo… y el fuego para encender al mundo e impulsar la transformación que lo lleva a la reconciliación.

Es consolador percibir cómo el profundo deseo de Ignacio y los primeros compañeros de llamar a la Compañía con el nombre de Jesús, sintoniza con la conciencia de ser y sentirnos colaboradores de la misión redentora que el Señor quiso continuar a través de su Iglesia. Ignacio y los compañeros no querían ocupar un puesto relevante sino humildemente ponerse enteramente al servicio de la Iglesia, por eso, insistían en llamarse la mínima Compañía entregada por entero a colaborar en la reconciliación de todas las cosas en Cristo.

Las otras dos lecturas nos recuerdan y confirman la misión a la que hemos escogido colaborar con todo lo que somos y tenemos. Una misión abierta, como lo experimenta Pedro. Dirigida a todos los seres humanos sin distinción alguna porque Dios ve con benevolencia a toda persona dispuesta a reconciliarse con Él, con sus hermanos y hermanas y con la creación.

El grito del profeta Isaías lo hemos oído tantas veces… siempre nos resulta alentador de los esfuerzos que hacemos por colaborar en consolar al pueblo de Dios, acercarnos a los pobres, pueblos originarios, personas refugiadas o discriminadas por su género, raza, forma de pensar o religión… Nos alienta en la colaboración en la preparación del camino del Señor, para que llegue también a nuestras sociedades seculares, especialmente a los jóvenes y quienes nunca han tenido la oportunidad de escuchar la Buena Noticia de su liberación.

Con el corazón agradecido por la experiencia vivida esta semana juntos y los meses anteriores en nuestras regiones, provincias y comunidades pidamos al Señor que no descansemos en nuestro esfuerzo por subir a lo alto de monte para alzar con fuerza la voz y proclamar el mensaje de reconciliación, misericordia y Esperanza del que somos portadores.

Nuestra Señora de la Estrada, Pedro Arrupe y tantos compañeros y compañeras que han sido precursores en este camino de seguimiento cercano del Señor nos empujen hacia Él y nos preparen a recibir el bautismo de Espíritu Santo y fuego.