Los textos de la Escritura que acabamos de escuchar -y hemos estado contemplando durante la mañana de hoy- subrayan la universalidad del amor redentor del Dios Uno y Trino que se nos revela en el niño Jesús, bajo el amoroso cuidado de María y José, adorado por los Magos de Oriente, finos escrutadores de los signos de los tiempos, dispuestos a seguir la estrella, reconocer al niño como redentor del mundo y elegir otro camino para convertirse en testigos de la Buena Nueva.

El profeta, como también nosotros, conoce de primera mano la difícil situación que viven los pueblos. La dura realidad de la pobreza, la desigualdad, la injusticia estructural que reserva para pocos las condiciones de una vida digna: …las tinieblas cubren la tierra y espesa niebla envuelve a los pueblos;…

El profeta no queda paralizado ante la dificultad tan enorme que parece imposible de cambiar esa realidad. Añade un “pero” que se convierte para nosotros en una llamada a intentarlo: …pero sobre ti resplandece el Señor y en ti se manifiesta su gloria. Caminarán los pueblos a tu luz y los reyes, al resplandor de tu aurora.

El sobresalto del Rey Herodes, los Escribas y Fariseos, refleja la percepción de los signos de los tiempos de los privilegiados y detentadores del poder de este mundo. Se sienten amenazados por el surgir de su estrella, porque también ellos conocen -y muy bien- la oprobiosa realidad del pueblo. Las tinieblas que cubren la tierra y la niebla que envuelve a los pueblos son la fuente de sus beneficios y privilegios. Por nada del mundo quieren que surja la luz o se disipe la niebla. Ellos están muy bien informados. Conocen los deseos de redención profundamente arraigados en la gente sencilla. Conocen la palabra empeñada del Dios de Israel, su promesa de salvar a su pueblo de las garras de la opresión… Recurren a la argucia de convertir a los extranjeros -los Magos de Oriente, hombres de buena voluntad- en sus cómplices para mantener su posición privilegiada. Una sutil forma de abuso de conciencia… Como fracasan en ese intento, Herodes no duda en continuar abusando…; abusa también de su poder y hace matar a todos los niños menores de dos años en un intento de erradicar cualquier amenaza a su dominio y a las condiciones sociales o religiosas que lo sostienen (Mt 2,16). Los Santos Inocentes, sus madres, padres y el pueblo al que pertenecen, son víctimas del abuso de poder…  No cabe duda, los abusos son una plaga, o demonio, presente y actuante en la historia humana, en todos los espacios, sin distinción, como hemos tomado conciencia recientemente en la propia comunidad de los seguidores de Jesús, en la Iglesia con nuestra Compañía incluida.

Los Magos al postrarse ante Jesús, adorarlo y entregarse ellos mismos con sus dones, son la antípoda del abuso expandido por toda la tierra. Se convierten en testigos y mensajeros de la esperanza de superar esa situación. Ellos, sensibles al surgir de la luz de Cristo, significada en la estrella que los lleva a Belén, se ponen en camino y, transformados por el encuentro con el niño, eligen el otro camino de la llamada universal a la reconciliación y la justicia. Los Magos se convierten en testigos de que por el Evangelio, también los paganos son coherederos de la misma herencia, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la misma promesa en Jesucristo.

La Compañía de Jesús nace también del ponerse en camino del Peregrino Ignacio y los primeros compañeros, reunidos de diversas naciones y culturas, para seguir la misma estrella, descubierta en la experiencia de los Ejercicios Espirituales. Eligen caminar juntos a ponerse a disposición del Santo Padre y las necesidades universales de la misión de la Iglesia. Inventan ese modo nuestro de estar juntos –unidos en los ánimos- y dispersos para atender las necesidades de los pueblos en cualquier rincón de la Viña del Señor a la que seamos enviados.

Este tiempo de Navidad nos ha vuelto a dar la oportunidad de confirmar nuestros deseos de ser cada vez más sensibles a los signos de los tiempos; de no desmayar en el camino emprendido por las Congregaciones Generales al servicio la misión de Cristo; de contemplar en María y José la audacia de lo imposible, al discernir la llamada de papá-Dios a colaborar en la obra redentora y elegir la responsabilidad de recibir al niño Jesús entre nosotros y acompañarlo en su crecimiento. Como los Magos, hemos tenido en este tiempo una nueva oportunidad de reconocer en la fragilidad del niño Jesús al redentor, adorarlo y ofrecer nuestros dones y personas como sencilla colaboración a su obra de reconciliación.

En estos días de reunión del Consejo Ampliado, seamos sensibles a las palabras del Profeta: Levanta los ojos y mira alrededor; a eso hemos sido convocados, a levantar nuestros ojos para descubrir la estrella –el Señor mismo - que ilumina nuestra mirada alrededor de todo el mundo. El Señor nos ofrece la posibilidad de adquirir esa mirada universal que proviene de la distribución de la gracia por la cual la cual se nos ha revelado que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Como cuerpo apostólico universal hemos elegido ser compañeros en la misión de reconciliación y justicia para colaborar con todo lo somos y tenemos en la obra redentora.

El discernimiento de las Preferencias Apostólicas Universales, además de confirmar y renovar nuestra disponibilidad a recibir la misión del Vicario de Cristo en la tierra, nos lleva a encontrar el mejor modo posible, desde nuestro carisma, de poner todos nuestros recursos para ayudar –como hemos respondido en el salmo- a que el débil se libere del poderoso que abusa de él; a defender al que se encuentra sin amparo, apiadarnos del desvalido y pobre, y salvar al desdichado. Así queremos contribuir a que florezca la paz en estos días tan difíciles que vivimos y se extienda el reinado de Dios de mar a mar, de un extremo al otro de la tierra.

Pidamos al Señor ojos nuevos, como los que regaló a María, José y los Magos, y seamos capaces de ver surgir su estrella, adorar al niño, hacer de nosotros mismos ofrenda de mayor estima y momento, y elegir el camino del mayor servicio a la misión de la Iglesia.