Visita del Padre General al Colegio Bellarmino (Roma)

Siguiendo una larga tradición, el padre Arturo Sosa visitó la comunidad de estudiantes del Colegio S. Roberto Bellarmino, en Roma formada por escolares jesuitas de todas partes del mundo. En su mayoría son estudiantes de teología o ciencias sagradas y junto a sus formadores constituyen una comunidad de alrededor de 75 compañeros.

Este es el texto de la homilía que pronunció el Padre General durante la Eucaristía que presidió el miércoles 7 de noviembre.

Queridos hermanos,

Parecería que San Ignacio hubiese contemplado mucho tiempo el pasaje del Evangelio que acabamos de escuchar. De hecho, en la Fórmula Instituti escribió: Por tanto, los que se unan a nosotros deben meditar larga y profundamente, si poseen el capital suficiente de bienes celestiales para soportar esta carga, de modo de poder, según el consejo del Señor, completar esta torre. Es decir, si el Espíritu Santo que los mueve les promete la gracia suficiente para que puedan esperar, con su ayuda, soportar el peso de esta vocación. Y una vez que, por la inspiración del Señor, se hayan inscrito en esta milicia de Jesucristo, deben estar listos, día y noche, para pagar una deuda tan grande.

Paradójicamente, el capital de los bienes celestiales no proviene de la acumulación que despoja a otros, como en el actual sistema económico capitalista o en el sistema mercantilista de la época de los primeros compañeros. Es un capital que se crea a través del despojo de sí mismo, del desapego de todo, de toda relación que pueda poner cualquier límite a la libertad interior, es la indiferencia descrita en el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales. Desnudarse, desprenderse de todo aquello que obstruye o filtra la acción del Señor y de su Espíritu.

Este es el sentido de las palabras de Jesús que parecen tan fuertes: Si uno viene a mí y no me ama más que a su padre, su madre, su esposa, sus hijos, sus hermanos o hermanas e incluso a su propia vida, no puede ser mi discípulo. Jesús se centra en las cosas que realmente crean vínculos en los seres humanos, es decir, en cada uno de nosotros. Las relaciones posesivas de la familia, tribu o grupo étnico y el miedo a la muerte nos impiden convertirnos en discípulos y compañeros de Jesús.

Ciertamente todos nosotros queremos construir juntos esta “torre” que es la Compañía de Jesús, colaborando con otros en la misión de la Iglesia. Por lo tanto, se nos invita a sentarnos primero para calcular el costo y ver si tenemos los medios para completarla.

La meditación sobre las dos banderas sigue el ejemplo de esta imagen del rey que, antes de hacer la guerra a otro rey, se sienta a examinar si puede enfrentarse con diez mil hombres a los que acuden a su encuentro con veinte mil, para acabar recomendando al ejercitante: Tener un coloquio con la Virgen, para que me obtenga de su Hijo y Señor la gracia de ser recibido bajo su bandera, en primer lugar en total pobreza espiritual y, si su divina Majestad así lo desea y quiere elegirme y acogerme, incluso luego en pobreza material; soportando humillaciones e insultos, para así mejor imitarlo, siempre que pueda soportarlos sin el pecado de ninguna persona y sin ofender a su divina Majestad.

Este es el significado de llevar la propia cruz e ir en pos de Jesús. No hacer otra cosa que la voluntad del Padre y, por tanto, ofrecer todo lo que tenemos, toda nuestra libertad, nuestra vida al servicio de la reconciliación de todas las cosas en Cristo.

El apóstol Pablo recuerda a los Filipenses que es Dios quien despierta en ellos la voluntad y el obrar según su plan de amor. Su voluntad es sólo la de una vida marcada por el amor a todos. La obediencia es precisamente dejarse guiar por el amor de Dios a través de la acción del Espíritu Santo, sin ningún afecto desordenado.

Para los que queremos ser verdaderos jesuitas, es decir, compañeros de Jesús, es importante no olvidar, menos aún en la etapa de formación o de vida religiosa en la que cada uno de ustedes se encuentra, que, como nos recuerda la Fórmula, este Instituto, de hecho, exige como siempre hombres humildes y prudentes en Cristo, y que se distingan por la pureza y conocimiento de la vida cristiana.

Que Nuestra Señora del Camino sea nuestra compañera y consejera en esta vía de profundización día tras día de nuestra decisión de dedicarnos con respeto tanto a nuestra propia salvación como a la de los demás, “con temor y temblor”.

(Original: italiano)

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