El trabajo de animación de los jesuitas y de la gran “familia ignaciana” de todo el mundo, que es la tarea del Superior General de la Compañía de Jesús, no deja mucho tiempo al profesor e investigador que fue el P. Arturo Sosa durante una gran parte de su vida jesuita. Sin embargo, los organizadores del II Congreso Internacional sobre San Juan de Ávila, celebrado en Córdoba del 21 al 23 de noviembre, le han dado una oportunidad. Él ha sido uno de los principales conferenciantes. Su intervención le ha dado la oportunidad de poner en evidencia lo que los dos santos tienen en común. El P. Sosa señaló, por ejemplo, que sus formas de invitar al discernimiento y a la profundidad espiritual siguen siendo muy relevantes en nuestro tiempo. He aquí algunos de los puntos principales de su exposición.

El Padre General propuso que la práctica espiritual de San Juan de Ávila y San Ignacio de Loyola inspire la renovación que la Iglesia está promoviendo, a la luz del Espíritu, para lo cual necesita “escuchar atentamente la Palabra y afinar el discernimiento en común, dos dimensiones substanciales de la experiencia espiritual, vividas en profundidad por ambos santos”. Los dos vivieron el cambio de época que exigió una muy difícil renovación de la Iglesia Católica y, para Arturo Sosa, “el programa del Vaticano II sigue buscando cómo hacerse carne viva y rostro de la Iglesia Católica”, algo que según él se materializa tanto en el modo en que ejerce su ministerio el Papa Francisco como en las tensiones creadas a su alrededor.

El discurso del Padre Sosa era muy ignaciano y centrado en la primera Preferencia Apostólica que invita la Compañía de Jesús a indicar el camino hacia Dios. Una condición para eso es contribuir a la creación de una iglesia sinodal –definida como iglesia que se “deja guiar” por el Espíritu Santo- y también a recurrir al discernimiento apostólico en común. Explicó en qué consiste ese discernimiento y qué condiciones previas necesita esa experiencia: dejar atrás las seguridades preconcebidas (tener una “indiferencia ignaciana”), vivir de la confianza en Dios y hacerse capaz de percibir las señales a través de las cuales Dios nos va indicando el camino, ejercitando la escucha de su palabra, la oración y la contemplación que lleven a comprender su lenguaje. Destacó también el General de los jesuitas cómo la humildad es una actitud básica para hacer la voluntad de Dios y se expresa en una vida austera y en la “auténtica cercanía a los pobres” que demostraron en su vida uno y otro santo, Juan de Ávila e Ignacio de Loyola. Destacó otras virtudes de ambos que ayudan al discernimiento en común tales como la confrontación con otras personas, la sólida formación académica y el cultivo del pensamiento.

Una iglesia sinodal, sugirió el P. Sosa, se enfrenta al reto de “generar el tipo de estructuras y procesos de toma de decisión que acompañen auténticos caminos de discernimiento para quienes tienen que decidir en acuerdo con la voluntad de Dios”. Y, dado que el discernimiento eclesial se produce en la sociedad secular, invitó a ver “la secularización, y el mundo secular que surge de ella, como uno de los modos como el Espíritu nos está hablando y guiando en este tiempo (…). Preguntémonos sinceramente qué nos está diciendo el Señor a través de la secularización, hacia dónde nos lleva el Espíritu Santo a lo largo de ese camino que va recorriendo la humanidad”. Por último, Arturo Sosa enumeró detalladamente las cuatro claves del discernimiento en común: asegurar la participación de la totalidad de la persona, a saber, su sensibilidad, su afectividad, su inteligencia y su conciencia; establecer bien quiénes deben participar en el proceso, por qué y en qué condición; precisar con mucha claridad de qué manera se tomará la decisión final; y poner en práctica la “conversación espiritual” como un instrumento mejor adaptado.

Se puede leer el discurso del Padre General in extenso, clicando aquí.

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