Aquí sigue una amplia parte del discurso del Padre General a los laicos que colaboran en las obras y actividades de la Compañía de Jesús en Taiwán. El discurso fue pronunciado el sábado 27 de julio en Taipei. Además de esto, como lo hace a menudo durante sus visitas a las Provincias jesuitas, el P. Sosa aprovechó para ofrecer una presentación en profundidad de las Preferencias Apostólicas Universales.

Ante todo quiero decirles a todos ustedes, amigos y compañeros en la misión aquí en Taipei, un muy cordial ‘xie - xie’ (gracias en mandarín). Es una bendición tenerles a ustedes como amigos de los jesuitas. Hasta mí ha llegado lo mucho que comparten de su tiempo, sus talentos y dones, sus recursos, todo lo que son. En el fondo, son dones de Dios para con aquellos a cuyo servicio estamos aquí en Taiwán. Y ahora más que nunca, necesitamos realmente trabajar juntos, los jesuitas y ustedes, porque la situación es cada vez más compleja, porque la misión es cada vez más urgente, y porque esa misión nos ha sido confiada por Dios y la Iglesia. Por ello, debemos hacer todo lo posible para servir.

¿Cuál es exactamente esa misión? A través de los siglos, la misión ha sido siempre la misma: la evangelización, la difusión del Evangelio, la Buena Nueva. Pero hay algo más específico en nuestros tiempos que puntualiza aún más la misión general. Las dos últimas grandes reuniones de los jesuitas (Congregaciones Generales 35 y 36) han utilizado la misma palabra: reconciliación. ¿Por qué reconciliación? Porque vivimos en un mundo roto, que se está haciendo pedazos, y la reconciliación tiene que ver con el ideal de volver a unir todo.

En primer lugar, la misión exige una reconciliación con Dios. En la vida de tantos, cristianos y no cristianos, Dios ha sido dejado de lado o completamente olvidado. Otros han sido aún más agresivos desafiando cualquier tipo de creencia en cualquier Dios. Muchos ven este laicismo omnipresente como una amenaza, un obstáculo, un mal. Pero quizás deberíamos tomarlo como un desafío, como un signo de los tiempos. Un aspecto positivo de la secularización es que la fe ya no es simplemente un hecho cultural, sino que se convierte de nuevo en una elección libre. De alguna manera, estamos volviendo a la situación de la Iglesia primitiva, y estamos siendo llamados a practicar en palabra y acción lo que el Papa Francisco ha llamado la “primera proclamación”.

En segundo lugar, la misión pide la reconciliación con los demás. Vivimos en un mundo que da miedo, un mundo en el que las divisiones, la polarización, la violencia, la ira, la desconfianza para con los que son diferentes nos dan la impresión de estar creciendo. En muchos lugares del mundo, líderes populistas llegan al poder promoviendo el odio y el miedo, diciendo que ciertos tipos de personas no son seres humanos, ya sean migrantes, refugiados, pobres, desamparados, desempleados o subempleados y los muchos mendigos que encontramos. Parte de nuestra misión hoy significa, pues, prestar especial atención a los que están siendo excluidos, marginados y deshumanizados, para que podamos estar cerca de ellos, caminar con ellos, servirles, defenderles.

Por último, la misión pide una reconciliación con la creación. Como el Papa Francisco ha puesto en evidencia en Laudato Si’, la forma dominante en que los seres humanos producen y consumen, y la difusión de una cultura ‘de tirar’, han dañado gravemente el medio ambiente y amenazan la sostenibilidad de nuestro planeta para las generaciones futuras. Aquellos que tienen competencia deben buscar y promover modelos y políticas económicas más sostenibles. Pero todos nosotros necesitamos empezar en nuestro entorno, con estilos de vida que contrarresten la cultura ‘de tirar’, en nuestras vidas personales, nuestras familias, y en nuestras instituciones y lugares de trabajo.

Ésta es la misión de reconciliación en el mundo de hoy que todos compartimos. ¿Existe un modelo de colaboración entre jesuitas y no jesuitas? La respuesta es “No”; no hay un modelo único. En cada contexto habrá que decidir cómo trabajar mejor juntos. Lo importante es que entremos en un proceso de diálogo y conversación espiritual, que escuchemos a dónde nos lleva el Espíritu Santo y que decidamos como avanzar de la mejor manera.

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