El 6 de diciembre 2018

 

Mi primera palabra para todos vosotros es "Gracias". Deseo expresaros mi agradecimiento personal, el de toda la Compañía de Jesús y, en particular, el de los jesuitas de Vietnam. Muchas gracias por vuestra generosidad, por compartir vuestro tiempo, vuestros talentos y vuestros tesoros. Sin vuestra colaboración, los jesuitas no podríamos cumplir la misión que Dios y la Iglesia les han encomendado.

Pero quiero insistir en que esta misión no es una misión exclusiva de la Compañía de Jesús. El Señor nos llama a todos a la misma misión, aunque tengamos diferentes formas de contribuir a ella. Por eso la Compañía de Jesús, hoy, quiere poner un énfasis especial en la palabra "colaboración". Permítanme subrayar de forma especial tres aspectos de esta colaboración.

En primer lugar, todos, jesuitas y laicos, somos colaboradores. Hace algunos años, en una reunión a la que asistí en Perú, había tarjetas de identificación para los participantes. En unas se leía "Jesuita", en otras, "colaborador". Bromeé y pregunté: "¿No son los jesuitas también colaboradores?" Eso fue sólo una broma a medias. ¡Teneis la experiencia de que muchas veces los jesuitas no saben cómo trabajar con otros! Pero el fondo de la cuestión está en que los jesuitas no tienen colaboradores. Ustedes no son nuestros colaboradores. Todos somos colaboradores, jesuitas y laicos por igual, llamados a servir juntos a la misión de Dios.

En segundo lugar, la colaboración es necesaria porque la Iglesia es el Pueblo de Dios y el Cuerpo de Cristo. La colaboración no es algo que nos interese a los jesuitas simplemente porque el número de jesuitas es cada vez menor. Si ese fuera el caso, entonces quizás no necesitaríamos promover la colaboración en Vietnam, ¡donde hay tantos jesuitas! No, fomentamos la colaboración, no por nuestra necesidad como Compañía de Jesús, sino como consecuencia de la llamada que hemos recibido de Dios. Cada uno de los reunidos aquí hemos sido convocados a participar en la misión de Dios de traer nueva vida, alegría y esperanza al mundo.

Esto está en el corazón de la enseñanza del Vaticano II, que insiste en que todos los miembros de la Iglesia son Pueblo de Dios. Con la misma dignidad y compartiendo la misma vocación y misión. Tenemos diferentes maneras de cumplir esa misión, por lo que algunos de los bautizados son laicos, otros sacerdotes y otros religiosos. Pero lo que tenemos en común es más importante que nuestras diferencias. Es esta llamada de Dios la que nos hace colaboradores unos de otros.

Necesitamos descubrir de nuevo la hermosa imagen de la Iglesia como Cuerpo de Cristo de San Pablo. Por el bautismo, todos pasamos a ser miembros de un solo cuerpo. Miembros diferentes que desempeñan funciones diferentes. El ojo no es la mano, el pie no es la oreja. Pero necesitamos todas las partes, trabajando juntas, colaborando juntas, para que, en este mundo, la Iglesia pueda actuar como Cuerpo de Cristo, el Cuerpo total, que es el mediador, en este mundo roto, sufriente y perdido, del cuidado amoroso del Buen Pastor.

Tercero, para que la colaboración funcione eficazmente, todos necesitamos estar sólidamente formados, especialmente en la espiritualidad ignaciana y en el discernimiento. Colaboración no significa simplemente trabajar juntos, sino compartir el mismo espíritu. No podemos colaborar verdaderamente unos con otros si no nos une nuestra relación personal con Cristo y nuestro deseo de seguirle en el cumplimiento de los designios de Dios. ¡Hay muchos buenos católicos y cristianos que tienen religiosidad, pero no espiritualidad! ¡Van a misa, rezan el rosario y sus oraciones, tienen devoción a María y a los santos, sirven en la Iglesia, pero no tienen una relación profunda y personal con el Dios vivo, con el Señor resucitado!

La espiritualidad ignaciana nos ayuda a encontrar y experimentar al Dios del amor, a conocer a Jesús personalmente, a amarlo más profundamente y a querer seguirlo más de cerca. Nos enseña a practicar el discernimiento, lo que significa buscar la voluntad de Dios en nuestras vidas y en nuestro mundo. Se trata de aprender a discernir juntos, no sólo de tener reuniones de trabajo, sino de orar juntos, de compartir, de escuchar al Espíritu que habita en cada uno de nosotros. Si estamos formados en la espiritualidad ignaciana, entonces no sólo estaremos trabajando juntos, sino que seremos auténticos co-participes de la misión de Dios.

Espero que en los diferentes ministerios de la Provincia vietnamita haya siempre una formación permanente para los jesuitas y los laicos que trabajan juntos. Espero que, en los consejos parroquiales, en los grupos de pastoral estudiantil, en los grupos de pastoral social, haya más tiempo para orar juntos, para la conversación espiritual, para el discernimiento en común, para buscar juntos la voluntad de Dios.

Permítanme terminar subrayando que, si vivimos y somos capaces de desarrollar una  estrecha colaboración, daremos un testimonio importante del Evangelio en nuestro mundo dividido. Si los jesuitas no pueden trabajar juntos, si competimos entre nosotros o si tratamos nuestro trabajo como parcelas privadas de poder, no podremos inspirar a otros a colaborar. Si somos culpables de lo que el Papa Francisco llama clericalismo, si insistimos en nuestra autoridad sobre los demás y no sabemos escuchar o servir juntos con los laicos, seremos causa de escándalo y de desaliento. La colaboración no siempre es fácil, porque somos diferentes, y porque todos somos pecadores. Pero, si todos nosotros, laicos y jesuitas, podemos trabajar y servir juntos, con el mismo espíritu, con cuidado y apoyo los unos de los otros, siendo pacientes y perdonándonos, daremos testimonio del poder del Evangelio. En un mundo de odio y divisiones, podemos mostrar que el Evangelio nos da el poder de convertirnos en una nueva humanidad.

Una vez más, muchas gracias por su amistad y su generosa colaboración en el servicio de la misión de Dios. Sigamos sirviendo juntos a la misión de Dios, como Pueblo de Dios y Cuerpo de Cristo, compartiendo el mismo espíritu y dando testimonio de la belleza y del poder del Evangelio de Cristo.

(original: inglés)

Etiquetas: Padre General Vietnam