Danzas y música... un ambiente festivo aguardaba al Padre General en Gayaganga, un pueblo cercano al aeropuerto de Bagdogra, en el norte de Bengala Occidental. Los jesuitas belgas establecieron allí servicios pastorales y sociales para una población muy pobre, en 1933, antes de cualquier otra obra en lo que llegaría a ser la Provincia de Darjeeling. De aquella población, muchos de ellos trabajaban y siguen trabajando en las plantaciones de té. Con lo escaso de su salario, los padres sólo tenían una preocupación: alimentar a sus hijos. Los jesuitas poco a poco hicieron entender la importancia de la educación. En su visita, el Padre Sosa ha hecho sentir su mensaje de aliento y esperanza a los cientos de jóvenes y adultos que habían venido para el encuentro.

Es de ponderar cómo, en las parroquias y escuelas de los jesuitas del Terai, los educadores y pastores jesuitas, junto con todos los demás sacerdotes, religiosos y colaboradores laicos, tienen como objetivo asegurar un futuro mejor para los pobres y los grupos marginalizados de la sociedad.

En el contexto actual, nuestra misión de educar a las generaciones jóvenes ha pasado a ser una tarea difícil. El servicio de la fe y la promoción de la justicia en una perspectiva de reconciliación son indispensables y forman parte integral de nuestra misión como educadores y pastores. La educación y la formación no pueden limitarse únicamente a las instituciones educativas. Las parroquias y círculos sociales como el Centro de Investigación y Desarrollo de la Vida Humana (HLDRC) y el Ashram Jesu en Matigara (un hospicio) también juegan un papel crucial en la misión de educar a la juventud de hoy y de mañana.

Siendo ello así, invito a las instituciones educativas, las parroquias y los centros de bienestar y auxilio a que promuevan activamente comunidades humanas sanas y progresistas sobre la base de valores morales, éticos y religiosos. Tanto individual como colectivamente, ustedes son igualmente responsables de la creación y fundación de comunidades que protejan el pluralismo y la armonía religiosos, y al mismo tiempo defiendan los derechos de los individuos. Para ello, todas sus instituciones educativas, parroquias y otros centros de apostolado han de convertirse en lugares de verdadero discernimiento espiritual. Su identidad y cultura tribales son también aspectos importantes de su vida cotidiana que deben ser protegidos y promovidos.

Igualmente, la justicia es un aspecto importante de nuestra educación y formación en la fe. Cada persona es creada a imagen y semejanza de Dios. Somos muy conscientes de las injusticias perpetradas y perpetuadas a causa de diversas estructuras económicas, políticas, sociales y culturales corruptas. En diferentes dominios, las poblaciones tribales son objeto de una explotación flagrante y se ven privados de derechos que poseen por naturaleza. El mundo está cada vez más polarizado entre los ricos y los pobres, los poderosos y los sin poder, y entre los sexos. Las personas, especialmente los indígenas y los dalits, que han sido desplazados por diversas razones, como la pobreza y conflictos de todo tipo, exigen justicia. Nuestra educación y atención pastoral y social han de convertirnos en la voz de los millones de personas sin voz.

Les invito a comprender esto como un llamado a vivir atentos a nuestros tiempos asumiendo los desafíos de defender a los débiles, los pobres y los excluidos en todos los dominios de la vida. En consecuencia, acompañar a los pobres en las plantaciones de té con el fin de ayudarlos por medio de la educación y también a través de la formación en la fe y el desarrollo humano, ha de ser la prioridad en sus compromisos. Eduquemos a la gente para que actúe de forma responsable. Las escuelas y las parroquias deben ayudar a las personas a cultivar una conciencia crítica que analice las situaciones, a discernir bien y a tener una fuerte e indomable voluntad de actuar con la justicia que la fe promueve.

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