Escolasticado San José – Ciudad de Ho Chi Minh, el 4 de diciembre de 2018

Hoy, agradecemos al Señor por motivo que tres de nuestros compañeros estén haciendo sus votos perpetuos en la Compañía de Jesús. Cuando Lac, Thang y Son hicieron los primeros votos de pobreza, castidad y obediencia hace unos veinte años, cada uno de ellos también prometió: “entrar en la misma Compañía para vivir en ella perpetuamente” (Constituciones, 540) Hoy, después de dos décadas, están cumpliendo esa promesa, y como Superior General, es una alegría para mí darles la bienvenida definitiva a la Compañía.

En este día de alegría y compromiso, me gustaría destacar tres puntos sobre los votos perpetuos que nuestra lectura de hoy del Evangelio de Mateo nos invita a recordar. Primero, nos recuerda la prioridad de la misericordia de Dios. El Señor resucitado se encuentra con los once discípulos en el monte de Galilea para confiarles su misión. Pero no debemos olvidar que sólo hay once en lugar de doce, porque uno, Judas, traicionó al Señor, y de hecho, los demás 11 abandonaron a Jesús durante su pasión y crucifixión. El Señor resucitado confía su misión a hombres débiles y pecadores, que lo habían abandonado en su hora de necesidad. Él no les reprocha sus defectos, sino que los perdona amorosamente y les da el regalo de una nueva confianza.

Esto es lo mismo para nuestros compañeros, y de hecho lo es, para todos los jesuitas. Llegamos al momento de los votos perpetuos, no porque seamos perfectos, o porque tengamos talentos y virtudes sobresalientes, o porque nos lo hayamos ganado. Estamos aquí simplemente porque Dios es misericordioso, y en su misericordia, nos llama a servirle y a seguirle. No podemos olvidar esa poderosa declaración de la Congregación General XXXII de la Compañía de Jesús: “¿Qué significa ser jesuita? Reconocer que uno es pecador y, sin embargo, llamado a ser compañero de Jesús, como lo fue San Ignacio” (CG 32, Decreto 2, núm. 1). El conocimiento de que somos completamente dependientes de la misericordia de Dios debe llenarnos, no de temor o ansiedad, sino de acción de gracias y consuelo. Verdaderamente, como nos recordó la 36ª CG: “En el corazón de la espiritualidad ignaciana se da un encuentro transformador con la Misericordia de Dios en Cristo. (…) La experiencia de la misericordia con la que Dios mira nuestras debilidades y nuestro pecado nos hace humildes y nos llena de gratitud, ayudándonos a convertirnos en ministros de misericordia para con todos”. (CG 36, Decreto 1, núm. 19). Así que, Lac, Thang y Son, al recordar la misericordia de Dios que les ha traídos hasta este día, les invito a dar gracias al Señor por su bondad, y a seguir confiando en este amor misericordioso.

Segundo, en el Evangelio que hemos escuchado, Jesús les da a los 11 discípulos algo que hacer, pero más importante aún, alguien con quien hacerlo. Él les dice: “Id, haced discípulos a todas las naciones”, pero también dice: “He aquí, yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”. En otras palabras, la misión no es simplemente hacer algo, sino ser alguien, ser compañero de Jesús, alguien que camina y trabaja con el Señor resucitado, para llevar su vida y su esperanza al mundo.

Nosotros recordamos que, después de su ordenación en 1537, durante un año, San Ignacio imploró incesantemente a la Virgen María que “lo colocara con su Hijo”. Ese anhelo se cumplió finalmente en La Storta, a 17 kilómetros de Roma, donde Ignacio tuvo esa importante visión. Vio al Señor cargando su cruz y escuchó al Padre diciendo las palabras: “Yo te seré propicio en Roma”. Allí, Ignacio “sintió un cambio tan grande en su alma y vio tan claramente que Dios Padre lo estaba colocando con Cristo su Hijo que no podía dudar de que Dios Padre lo estaba colocando con su Hijo”. El deseo más profundo de Ignacio no era simplemente hacer la obra de Dios, sino servir con Jesús como su amigo y compañero.

Hace cuatro años, el 7 de abril de 2014, uno de nuestros compañeros, el P. Frans Van Der Lugt, fue asesinado en la ciudad de Homs, en Siria. Era un misionero holandés, que había estado en Siria desde 1966. Cuando la lucha se intensificó, se le aconsejó que abandonara la ciudad, pero se negó a abandonar a los sirios a los que había llegado a amar. “¿Cómo puedo irme? Esto es imposible”, dijo. Continuó tratando de ayudar a las personas desesperadas y hambrientas, ya fueran cristianos o musulmanes. Dijo: “No veo cristianos ni musulmanes, sólo veo seres humanos”. Escuché una historia muy conmovedora sobre él, en algún momento, antes de que muriera. Un día, un joven con un arma lo amenazó, diciendo: “Viejo, te mataré”. Pero el P. Frans contestó muy apaciblemente: “No podéis quitarme la vida, porque ya se la he dado… a Cristo”.

Lac, Thang, y Son, de una manera real, sus últimos votos son su propia “La Storta”. Hoy, la Compañía confirma su ofrecimiento de ustedes mismos al Señor y, al hacerlo, dan testimonio de que han sido “colocados con el Hijo”, en la Compañía. Cualquiera que sea la misión que reciban, cualquiera que sea la tarea que les encomiende la Compañía, que nunca olviden que la misión nunca es simplemente hacer algo, sino ser alguien, un compañero de Jesús que está preparado para cualquier misión, porque ha entregado su vida a Cristo.

Un tercer y último punto breve. El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús nos llama y nos envía, no sólo como individuos, sino como comunidad. Jesús confía su misión no sólo a las personas individuales, sino también a los once como un grupo. La misión en la Iglesia se lleva a cabo siempre con los demás, trabajando juntos para compartir la Buena Nueva. Hoy, nuestros hermanos que hacen votos perpetuos, lo hacen dentro de la comunidad particular que es la Compañía de Jesús. Están incorporados a esta comunidad de hombres reales, de carne y hueso, con todas sus fortalezas y debilidades. Y, de nuevo, la 36ª CG nos lo recuerda: “pero si olvidamos que somos un cuerpo, unidos en y con Cristo, perdemos nuestra identidad como jesuitas y la capacidad de dar testimonio del Evangelio. Más que nuestras competencias y habilidades, lo que da testimonio de la Buena Noticia es la unión entre nosotros y con Cristo.” (CG 36, Decreto 1, núm. 7)

Thang, Lac y Son, en nombre de todos los compañeros aquí presentes que representan a toda la Compañía, les doy la bienvenida a su casa. Les damos gracias por su compromiso hoy, que nos recuerda también nuestros deseos más profundos, de responder con todo nuestro ser a la llamada misericordiosa de Dios a ser fieles compañeros de su Hijo y unos de otros. Que San Francisco Javier, patrono de las misiones y de esta Provincia, interceda por ustedes, para que sean siempre generosos y alegres en su vida de jesuitas y su misión.

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